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Aikido: ¿Sí o no?

Por Juan Carlos Peña

21 de agosto de 2023.


Cuando conocemos algo que nos parece bueno buscamos comunicarlo, queremos compartirlo con los demás, principalmente con las personas que apreciamos o consideramos adecuadas para dicho conocimiento. Así sentimos quienes disfrutamos el Aikido.


El Aikido es una disciplina muy particular; hay a quienes parece una actividad fascinante, digna de ser practicada de por vida y, hay a quienes parece un completo fraude y pérdida de tiempo. Por supuesto también existen los matices intermedios, entre estos quienes lo ven como un simple pasatiempo. Hay una frase que dice que nadie ama lo que no conoce. Así pasa con el Aikido, para entenderlo hay que conocerlo y, hay que practicarlo para entenderlo. El Aikido es una de esas disciplinas en las que se aprende más con la práctica física. Al sentir las técnicas en nuestro propio cuerpo, entendemos lo que siente nuestro compañero en su cuerpo, esto nos enseña empatía. Al experimentar el cuidado que tienen nuestros sempai con nosotros, aprendemos a ser cuidadosos con los que tienen menos experiencia que nosotros. Al experimentar la reacción que recibiremos al aplicar nuestra acción, aprendemos a manipular y llevar a mejor término esas energías que nos comparten. El aikido nos enseña a hacernos uno mismo con nuestro compañero, tanto como uke y como nage. El Aikido nos enseña a proteger nuestro cuerpo, a caer, a reincorporarnos rápidamente utilizando esa misma energía. El Aikido nos enseña economía, no monetaria, sino más bien física. El Aikido nos hace ser generosos con los demás. El Aikido nos va transformando lentamente, como un alquimista que busca trasmutar los metales vulgares en oro del corazón, así la práctica del Aikido nos va convirtiendo en mejores personas. El Aikido también nos enseña a resolver distintas situaciones y salir ilesos de ellas, sabiendo cómo recibir ciertas energías mal encaminadas, ya sea cambiándoles la dirección o simplemente dejándolas pasar.


Volviendo al primer párrafo, entendamos por qué quienes disfrutamos el Aikido buscamos comunicarlo, buscamos compartirlo. Iniciar un dojo, es un trabajo inmenso y, sobre todo, es una forma de amar. Es una forma de querer trasmitir a otros eso que nos ha hecho ser mejores personas, eso que nos ha hecho bien.


La docencia tiene también sus dos caras principales y las gamas intermedias. Tiene esa parte tan satisfactoria que se da cuando ves el progreso de un alumno que llegó sin saber nada. Cómo empiezas a hacerlo coordinar pies, manos, cabeza, cuerpo. La recia práctica de ukemis. Ves como empiezan a proteger su cuerpo y poco a poco se van incorporando en técnicas más complejas. Gran satisfacción es ver a la gente contenta, disfrutando la práctica. Hay todo tipo de estudiantes, quienes tardan en coordinar y, quienes tienen bastante soltura con su cuerpo. A veces los dioses del Aikido nos recompensan y llega algún alumno excepcional, que trae consigo una facilidad natural para el Aikido. Todos los alumnos implican una responsabilidad y una entrega por parte de los instructores. También tiene la docencia del Aikido la cara amarga, cuando un alumno no disfruta el Aikido y no sabes cómo hacerle sentir la emoción del Aikido. Tiene la parte frustrante cuando ves cómo van perdiendo el entusiasmo con el que empezaron y no se te ocurre qué hacer para que no caiga el deseo por la práctica. Peor aún cuando ves gente que tiene una habilidad particular y que sabes que tiene todo para ser mucho mejor aikidoka que tú; que empieza al parecer gozando realmente el Aikido y, de repente, cambia por completo esa actitud, parecen aburrirse y abandonan el Aikido. El instructor no deja de sentirse responsable y por supuesto triste con el hecho de no haber tenido la capacidad para trasmitir la emoción de esta disciplina al estudiante.


Se dice que el Aikido no es para todos, supongo que así sucede con la mayoría de las disciplinas, no son para todos. Pero si sabes que es para ti, dedícate con disciplina. Si sabes que es para ti, disfrútalo. La vida sólo se vive una vez, y cada uno vive su propia vida, no la de los demás.






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