• Aurora Molina

El Lenguaje del Dolor


Hace un tiempo, después del primer año de practicar Aikido, empecé a encontrar conflicto entre lo que yo entendía por manejo del dolor y lo que el Bushido entiende por manejo del dolor.

Al inicio de la práctica de Aikido uno sufre sobre todo con la postura en Seiza, los moretones en las muñecas, las quemaduras del Tatami y dolor en músculos que hasta ese momento no sabías que tenías. Hasta ahí todo va bien con la idea de soportar el dolor, es decir, en cualquier disciplina, si quieres mejorar se sufre a veces, todos lo sabemos; a cada logro antecede el dolor, antecede llegar al límite de la resistencia física y mental; así estamos hechos. Pero después de un dolor más constante en una articulación empecé a preocuparme porque pudiera tratarse de algo serio y ya no supe si seguía siendo cuestión de soportar el dolor. Es frecuente que al quejarte de dolor en cualquier arte marcial las respuestas sean algo como: “el dolor está en la mente” o “entonces debes entrenar más duro” etc. Por otro lado, he visto también maestros que aceptan que el alumno evite posturas dolorosas, tal vez personalmente han experimentado lesiones que han requerido atención médica. Así que no me explicaba la contradicción o el punto exacto de cambio de postura. Aquel aikidoka tiene una lesión en la rodilla pero sigue practicando, lastimándose, otro se detiene y prefiere faltar unos días y usar antiinflamatorios ¿ese último es un mal budoka? O, el maestro dijo en una clase que pueden sentarse cómodamente, pero los más avanzados siguen en Seiza hasta rendirse y los nuevos prefieren sentarse desde el inicio evitando cualquier dolor ¿eso también está bien? ¿Cómo se cuánto dolor debo soportar y cuándo debo evitarlo?

Luego entendí algo y todo me cuadró. Es de lo que quiero hablar. Primero hablar de las distintas perspectivas que causan el conflicto y que para mí justificarían el por qué soportar el dolor o el por qué evitarlo.

¿Por qué tiene sentido soportar el dolor?

El Bushido es el código que contiene los principios éticos que regían la forma de vida (y de muerte) del Samurái y que debería incidir en la conducta de todo practicante de artes marciales japonesas. El Bushido está influenciado entre otras filosofías por el Budismo Zen. El Zen, busca la liberación del sufrimiento del Hombre mediante el despertar Espiritual. El Zen considera con razón, que todo lo que experimentamos, lo que percibimos (lo que vemos, saboreamos, sentimos, etc.) existe solo en una realidad que depende de nuestra naturaleza física y a la que estamos condicionados. Incluso la mente, el razonamiento, es una experiencia subjetiva más, producto de procesos corporales. Así que el Zen considera que no puede lograrse el despertar espiritual mediante esquemas conceptuales (incluyendo creencias).

La tendencia humana natural es una afición por las experiencias positivas y agradables y aversión hacia las negativas y dolorosas. El problema viene cuando los momentos de satisfacción terminan o los desagradables no pueden evitarse; inician los anhelos, el deseo de más (más placer, más descanso, más belleza, más “likes”, compras, poder, etc. un interminable ciclo hedónico). Las experiencias positivas nos llenan de anhelo de volver a vivirlas o de miedo de perderlas. Las experiencias negativas nos hacen preocuparnos constantemente por evitarlas, huir de ellas. Según el Zen este es el origen de la insatisfacción del Hombre, de su sufrimiento.

El deseo constante de satisfacción mantiene la naturaleza espiritual como “dormida”, sin crecimiento, estancándonos en la naturaleza física. La solución que el Budismo (y más originalmente, el Ascetismo) propone al problema es ir al origen: dominar el deseo, los anhelos y la aversión al dolor, controlar las pasiones. Despertar el espíritu requiere el dominio de la realidad física, desapegarse de ella, aceptar el vacío, vaciarse.

El dominio de sí mismo contempla conocimiento y control completo de las propias emociones y sensaciones, sean positivas o negativas; Los samuráis aprendían a mantener un semblante imperturbable ante el miedo, el frío, la alegría, el hambre, el cansancio, el placer, el dolor o ante la muerte.

Mientras estamos en el Dojo con esta mentalidad, las manifestaciones negativas más palpables de nuestra “corporalidad” son el dolor y el cansancio. El Espíritu debe dominar sobre el cuerpo, no ser dominado por él. Así que se invierte esfuerzo y concentración en ese control, a veces a expensas del

aprendizaje o la ejecución más correcta de las técnicas. La expresión de dolor o cansancio reflejarían una falta de autodominio, estar muy lejos de el despertar espiritual.

No debe ser un concentrarse en “no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor”, es una aceptación, observación sin juicios, sin normar conductas de apego o evitación, sin que mi cuerpo decida qué se hace, Yo decido qué se hace. Así que el Budismo Zen promueve, no la negación del deseo o la búsqueda de dolor, más bien la consciencia plena de la propia corporalidad que lleva a la moderación perfecta, al agradecimiento de la experiencia, sin juicios, sin apegarse al bienestar y sin huir del malestar. Luego, consciencia de la propia espiritualidad a través de la meditación, de forma que algunas experiencias y actitudes alimentan y consuelan al espíritu y viceversa. Al fin, el cuerpo es quien me lleva al espíritu, quien lo contiene y a quien habita.

Se dice que, siendo Buda asceta, ya con riesgo de morir de hambre y sed se dio cuenta de dos cosas: primero que este ascetismo era solo el otro extremo; que ni el placer descontrolado ni el ascetismo absoluto eran soluciones para encontrar descanso del sufrimiento humano y segundo, que no era suficiente: Logrado el autodominio se llega a un despertar, es un estar consciente pero solo eso, es el principio. Vaciar es apenas dejarle el espacio al espíritu para que empiece a crecer. “Debes ser vaciado de todo lo que estás lleno, para que puedas estar lleno de todo lo que estás vacío” decía San Agustín. Así como al nacer el cuerpo comenzó a aprender sobre texturas, temperaturas, lenguajes, frustraciones, dolores, el espíritu despierto debe iniciar su largo camino de aprendizaje hacia la Iluminación. Un error reduccionista que tira por la borda toda una filosofía es por ejemplo pensar que resistiendo un dolor físico concreto el espíritu ha logrado alguna iluminación.

¿Por qué hoy se evita el dolor?

“El Hedonismo lato de la posmodernidad”.

Cuando filosofías de oriente se ponen de moda en occidente el practicante se siente con un aire de sabiduría y amplios horizontes, a pesar incluso de aberrantes interpretaciones sobre el tema. Pero basta con pensar en las propias influencias ascéticas al cristianismo con que crecimos: la vigilia, el ayuno, el celibato, la penitencia, la abstinencia, la pobreza, el renunciar a uno mismo, para que todo se oiga como sermón de abuelita, nos parezcan imposiciones huecas y nos salga lo posmodernos y nietzscheanos. Desencantados de las antiguas filosofías y observando las modernas como meros recalentados, vemos estos rituales carentes de sentido y poco nos interesa conocer la filosofía que hay detrás.

Lo de hoy es más bien la intolerancia al mínimo malestar, que el malestar impuesto sea percibido como violencia, aunque sea parte necesaria de un proceso de aprendizaje; no tanto de trabajar porque otros tengan mis privilegios sino de quejarme porque no tengo los mismos privilegios que otros y hacer porque se los quiten. Lo de hoy es evidenciar en otros el “pésimo servicio” en tanto que no me satisfacen, no importa si son o no necesidades reales o si debo yo ocuparme de satisfacerlas. Para una persona que está inmersa en el ciclo hedónico el dolor no tiene sentido. Ir al GYM caro para tomarse una selfie y subirla en Instagram tiene más sentido que sufrir en una clase de Aikido, donde no puedo llevar mi smartwatch ni sensores de frecuencia o donde llevo un traje que creo que no favorece mi silueta.

¿Por qué Sí al placer?

No es por esta postura por la que es necesario en ocasiones evitar el dolor. ¿Qué si el deseo o el bien que se anhela es un deseo común? ¿Qué si el placer es el de escuchar una obra maestra, de observar la puesta de sol o de compartir una buena plática? ¿Qué si es el placer del altruismo, de ver feliz a quien amas, o el placer del logro? ¿uno debería también silenciar esos deseos?

El Hedonismo “mitigado”

El concepto de hedonismo se ha desvirtuado desde que se le define de manera reduccionista a la búsqueda constante de placer corporal. Cuando hablaba Epicuro de hedonismo hablaba del placer sinónimo de bienestar, de los placeres morales, satisfacciones artísticas e intelectuales, los placeres del alma. Al fin, las filosofías, incluyendo el budismo buscan la eliminación del sufrimiento, digamos, algo como la Felicidad. El hedonismo no es diferente.

Conozco a alguien que sabe que morirá en unos años, encontramos hace un tiempo que tiene una enfermedad incurable. Dada la evolución natural de su enfermedad, tal vez pierda primero movilidad y capacidades mentales, luego dependerá de otros y morirá. Hace poco me dijo que ha decidido hacer solo lo que le plazca, lo que no quiere dejar de hacer antes de morir. Ha pensado en irse para trabajar como voluntaria atendiendo niños enfermos y también viajar lo más que pueda. ¿Querría ella pasar como asceta, negándose a todo placer corporal, meditando bajo un árbol lo que le resta de vida? si es justo su corporalidad lo que sabe que perderá pronto, ¿por qué desperdiciarla si ve sus últimos años como un regalo? Ya luego habrá tiempo para descansar una eternidad bajo un árbol. Si todos sabemos que vamos a morir ¿No deberíamos hacer lo mismo?

La naturaleza humana es sensible, sensual, está diseñada para experimentar placer a diario desde que nace. Al inicio, sus reflejos primitivos aseguran la supervivencia; succionar y prenderse de otro le son suficientes, luego el hambre le protege de la inanición, lo que le es palatable le impulsa a seguir comiendo, el asco le protege de consumir venenos, la sed de deshidratación, el dolor de lastimarse, la tos de ahogarse, el deseo sexual de extinguirse. Las emociones positivas le permiten apego y afiliación; las negativas defensa, ataque y distanciamiento. Luego, cubiertas las necesidades básicas, la conciencia de su propia existencia y un apego seguro lo acercan a bienes más superiores. Desde este entendimiento el hedonismo es correcto: lo que me es placentero es esencialmente bueno ¿Por qué habríamos de negarnos a nuestra naturaleza?

En la Salud

En este funcionamiento sano todo se ve bien diseñado, casi perfecto. Desde esta perspectiva, el hambre, la sed, el placer, el asco, el dolor, son mensajeros, avisos que invitan a hacer o a dejar de hacer. De no atender a los mensajes ¿cómo sabríamos lo que el cuerpo necesita? ¿Por qué habría de ignorarlo? Si me habla a mí y a nadie más. Sería como ir a ciegas con un cuerpo que reacciona sin entender por qué o a qué. Así, cuando me dicen “el dolor está en la mente” pienso ¡Por supuesto que está en la mente! ¿dónde podría estar mejor para que el doliente sepa que hay algo qué hacer? Se trata de escucha. Igual que en las relaciones personales, mantener una relación mente/cuerpo amorosa tiene que ver con esa escucha atenta, reflexiva. Así, el dolor enseña, corrige, modela posturas, redirige con el tiempo y da frutos, no puedes perderte de esa enseñanza que se aprende en carne propia.

En la enfermedad

La evolución normal sería: duele, doy respuesta y luego, deja de doler. Ah! si todo fuera así… pero no. A veces el dolor aumenta hasta que la terquedad se rinda y entendamos. A veces duele y no debería doler. A veces debería doler y no duele (como algunos tumores). A veces es un llamado a gritos a pesar de que ya hemos entendido y hemos hecho lo necesario. A veces no sabemos qué es lo necesario y la gente que opina sobre nuestro dolor cree tener la solución (los peores son los que piensan como la gente de hace veinte siglos, que el dolor es consecuencia de nuestras faltas o un castigo divino, o los aficionados que intentan darle alguna interpretación freudiana a nuestro dolor como si la “somatización” siempre aplicara).

La enfermedad lo altera todo, por eso se requieren intervenciones externas, distintas a las naturales; entender el lenguaje del dolor se vuelve urgente y acudimos a gente que lo entienda mejor aunque no nos conozca. La algología (que estudia el dolor y su tratamiento) es de las ciencias médicas más antiguas y que evoluciona a la par de la tecnología con un futuro prometedor.

Cuando el dolor se enferma, no da más frutos.

El dolor crónico e intenso deja de ser lenguaje y ahora es un ruido constante e innecesario; cubre todos los sonidos del mundo, no deja sentir otra cosa y mucho menos sentir las necesidades de otros; saca lo peor de nosotros. Quienes han sufrido un dolor así, sabe cómo puede borrarse en poco tiempo la motivación para hacer cualquier cosa y a veces el sentido de la vida. Tanto así que es bien sabido que el dolor crónico es un factor de riesgo para suicidio. Proponerle al doliente en ese momento que acepte su dolor, que lo agradezca o que aprenda de él, suena a insulto y a burla. No es algo que se pueda acallar a voluntad, es más fuerte que eso. Las consideraciones éticas y legales sobre la eutanasia y el suicidio médicamente asistido en personas con enfermedad terminal y dolor crónico siguen siendo motivo de discusión entre especialistas en cuidados paliativos.

Así que, hablando del lenguaje del dolor tendríamos que decir que hay diferentes dolores.

Hay dolor que está hecho para soportarse y ser dominado: el que genera aprendizaje o es parte inevitable del proceso de aprendizaje, el que da resultados, por ejemplo, el dolor durante el estiramiento, el dolor de ejercicios de rehabilitación. El mejor ejemplo de dolor que da fruto es el dolor de parto; sabes que es necesario y mientras lo sufres tienes el consuelo de que ya viene lo mejor. Este tipo fortalece el espíritu: mejora el autocontrol o “fuerza de voluntad” y eleva el umbral del dolor. Este dolor no es crónico, suele ser episódico y agudo.

Hay dolor que está hecho para ser percibido y luego eliminado mediante la acción u omisión, como el dolor de la violencia, el dolor de una lesión que no se ha tratado, el dolor de un paciente terminal que desea una mejor calidad de vida los días que le quedan. En este tipo de dolor suele haber evidencias de la causa (un estudio de laboratorio o imagen que comprueba un diagnóstico).

Y está el dolor que aún no sabemos cuál de los dos anteriores es; el que requiere traductor, pareciera que está hecho para estudiarse por un experto en el área. Cuando ya fue adecuadamente investigado, debe migrar a alguno de los dos anteriores.

Si ya fue estudiado, pero no se encontró evidencia médica de lesión y sigue siendo incapacitante, deben descartarse otras causas, por ejemplo, un trastorno por síntomas somáticos, fibromialgia, un trastorno delirante somático o incluso un trastorno grave de personalidad; son diagnósticos que no se ven, pero se sienten y siempre requieren tratamiento médico.

Respetemos nuestro dolor y el dolor del otros, dentro y fuera del dojo. No debe ser asociado con “debilidad”, que nada tiene que ver. No pretendamos saber cuál tipo de dolor tiene el otro y qué tan intenso. No esperemos que otros reaccionen como yo a un dolor que creo que es el mismo que el mío.

Si de verdad queremos lograr el autodominio y fortalecer el espíritu, empecemos por otras sensaciones, diferentes del dolor y fuera del dojo; ¿por qué no empezamos por el hambre si hay sobrepeso? O ¿por qué no por la ira estando en casa o en el trabajo?, empecemos por la pereza cuando se trata de trabajar o por el orgullo si tenemos que pedir perdón o aceptar que perdimos una pelea. Eso fortalecerá nuestro espíritu dentro y fuera del dojo. Nos hará mejores aikidokas y nuestro cuerpo lo agradecerá con su lenguaje particular.

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