• Margarita Reyes

Tu deberías practicar Aikido…


Hace 20 años alguien que practicaba Aikido me dijo: “Tu deberías practicar Aikido”; no lo hice, pero nunca lo olvidé.

Veinte años después llegue a Seirenkan. Casualmente vivo muy cerca y pasaba por ahí todos los días. Un buen día por razones más triviales que espirituales y movida por aquel mandato hecho 20 años atrás me decidí y acudí a observar una clase. Como en todas las clases de Aikido, al inicio realizamos Aiki Taiso o calentamiento, es la forma de cuidar al cuerpo antes de iniciar el entrenamiento, estiramos el cuerpo, hacemos ukemis, “agarres”, etc; el sonido del golpe de las manos en el tatami al cortar la caída o ukemi acaparó toda mi atención era algo muy fuerte, después aprendí que Aikido es muchas cosas pero no es fuerza, al menos no es fuerza física, es otro tipo de fuerza; es la fuerza que da la sincronía del movimiento del grupo; probablemente eso fue lo que me atrapo e inicie el entrenamiento, era el verano del 2014.

El inicio, como todos los inicios fue tortuoso, realizar los movimientos me parecía tan complicado, no entendía nada y no entendía que no había algo que entender; todos, de mayor grado que yo, pacientemente me decían -no pienses, hazlo- y yo en esta cabeza más occidentalizada que occidente y en este cuerpo no muy hábil en motricidad, no lograba entender ni hacer mucho; pero no recuerdo haber pensado en abandonarlo, acudía a una o dos clases a la semana, pero una o dos clases no son suficientes, lo mínimo a la semana para avanzar son tres clases, me recomendó Lorena Fortolis, nuestra gran maestra en Seirenkan, así lo hice, empecé a asistir con más frecuencia, pero no vi mucho progreso, aun así persistí. En noviembre de ese mismo año hubo un seminario, vinieron de Japón a impartir el seminario Sensei Kenji Shimizu, alumno directo de O'Sensei Morehei Ueshiba y Waka Sensei Kenta Shimizu, su hijo. Lorena y algunos compañeros me animaron a participar en el seminario, me dijeron que estaba lista, que tenía lo básico, así lo hice, acudí el primer día, hice todo mal, muy mal, me resulto abrumador y vergonzoso. Decidí no hacer el seminario el resto de los días, pero fui a observar.

Sensei Alfredo Corona, me dijo -te sentiste perdida en el Dojo, es normal, así pasa. En algún libro sobre Aikido leí una frase escrita por O'Sensei Morehei Ueshiba que decía “todo cuerpo puede ser entrenado”. Al escribir estas líneas me estoy percatando que las palabras de todos me hicieron no desistir. Poco a poco empecé a hacerlo un poco menos mal. Y así he seguido hasta hoy. En la práctica del Aikido hay un proceso enseñanza-aprendizaje explícito y concreto sobre cómo hacer la técnica, como moverse, como colocar el cuerpo, etc; y hay un aprendizaje implícito, abstracto, inmaterial sobre aspectos que van mucho más allá del cuerpo, que probablemente sean para el alma y ese proceso implica movimiento y crecimiento en todos sentidos. Mi mejor amigo, Min Suk, coreano de nacimiento, me decía -Aikido no solo alivia el cuerpo, también alivia la mente y el alma; y tiene razón.

En Aikido he aprendido muchas cosas, grandes lecciones de vida, he aprendido sobre el valor de la constancia, sobre la fuerza del grupo, sobre caer y levantarse, sobre aprender a caer sin lastimarse; el practicar Aikido me ha hecho más fuerte, más libre, más amable. Sé que esto apenas empieza, que parte del aprendizaje es tener la humildad de saberse principiante, de armonizar con los otros, de tener mejor dominio de si mismo, de nunca dejar de aprender del otro con humildad y poder enseñar sin arrogancia. Sé que me falta mucho por aprender, me es difícil mantener la vista al frente, espalda derecha, ver todo, dejar de pensar, no adelantarme, no ir rápido, sincronizarme con el otro, fluir; pero estoy convencida “todo cuerpo puede ser entrenado”.

A quien me dijo hace 20 años que yo debía practicar Aikido le estoy infinitamente agradecida, no se equivocó: tú (también) deberías practicar Aikido.


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